miércoles, 8 de julio de 2009

La sinarquía XIV

por: Guillermo Terrera

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LA PENETRACIÓN RURAL

Los primeros contingentes de inmigrantes rusos de religión mosaica, llegaron en octubre de 1888 a la República Argentina. Para ese tiempo ya vivían en nuestro país y especialmente en la futura Babel del Plata, alrededor de 1.500 hebreos en su mayoría representantes de grandes casas comerciales, bancarias y financieras europeas. Las tierras que compra la empresa de Mauricio de Hirsch con sus socios Rothschild, Camondo, Montefiore, etc., llegan a ocupar la superficie de 2.950.000 hectáreas, es decir, una extensión de 29.500 kilómetros cuadrados de territorio argentino, casi como la provincia de Tucumán.

Este cuantioso problema, se puede reducir sintéticamente de la siguiente manera:

CÓMO SE EFECTÚA EL MOVIMIENTO SIONISTA-SINÁRQUICO EN LA ARGENTINA 1- La compra de grandes extensiones de tierra en la Argentina.
2- La inmigración de rusos de religión mosaica para poblar esas tierras compradas.
3- La penetración judeo-sinárquica en la ciudad de Buenos Aires, por medio de elementos rusos y polacos de religión mosaica y de ideología marxista bolchevique.

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LA CONDUCCIÓN POLÍTICA NACIONAL ENTRE 1860-1915

Los conductores políticos de nuestro país, en el siglo pasado y principios del actual, no podían advertir los peligros de la Sinarquía o el Gobierno Universal, porque aún siendo un problema muy antiguo, ellos no tenían la información necesaria, ni el conocimiento científico sistematizado de esta últimas décadas del siglo XX, para comprenderlo en toda su magnitud.

Ellos advertían el peligro de la compra de enormes superficies de territorio argentino, por grandes empresas extranjeras de origen judío, sean belgas, alemanas, inglesas o francesas, con la posterior entrada de minorías exclusivamente sionistas para poblar esas tierras; pero no llegaban a comprender la profundidad imperialista de tales medidas, en su desmedido afán de poblar el territorio argentino y más aún, por su tremenda incredulidad e ignorancia acerca de la verdadera intención de la compra de esos enormes predios rurales por parte de la sinarquía sionista, de la cual los conductores políticos argentinos, eran solo obedientes testaferros. La ideología liberal y progresista que sustentaban, no les permitía advertir la realidad, no les permitía advertir la realidad de esos inteligentes planes, ejecutados con maestría geopolítica y geoestratégica, por el gobierno universal, desde 4.000 años atrás.

La llamada política nacional de esos tiempos, se puede simplificar de la siguiente manera:

CONDUCCIÓN POLÍTICA Liberal
Masónica
Anti-nacional
Anti-popular
Progresista
Capitalista
Oligárquica

Es un representante auténtico de la oligarquía ilustrada, don Julio A. Roca quién ostentaba el título de "conquistador del desierto", de neta tendencia positivista, liberal y masónica, quién el 6 de agosto de 1881, invita a los rusos de religión mosaica a establecerse en la Argentina. Por detrás de Roca, funcionaba un caballero llamado José María Bustos que sugiere al conquistador tal política y se ofrece incluso como funcionario ad-honorem, para dirigir todos los negocios concernientes a esa inmigración.

Por esos años la Argentina poseía un estrato social de nuevos ricos, propietarios de regiones que se les habían quitado a los indios, a los gauchos y a los viejos estancieros criollos. Esa naciente e inútil oligarquía de la tierra, necesitaba gente para poner en sus predios rurales o en su defecto venderlos a compañías extranjeras que promovían la inmigración y colonización. Esas empresas capitalistas internacionales manejaban millones de libras esterlinas, francos o coronas. La banca sionista europea comprometía a muchos funcionarios y hombres públicos argentinos, en su política de la Nueva Tierra Prometida.

El general Roca, héroe de la guerra contra el indio, envía a Europa occidental, tal como le llaman en nuestros días a la Europa atlántica, a su agente honorario Bustos para que promueva la inmigración rusa de origen hebreo a la Argentina. Luego de este viaje para traer población eslava a nuestro país, apareció en Kiev un personaje italiano de apellido Nozzolini que dirigía la propaganda inmigratoria, dentro del territorio ruso, para reclutar inmigrantes exclusivamente de religión mosaica.

La conexión entre don Julio Roca, liberal masón y gran latifundista, con los poderes sinárquicos son evidentes; no por casualidad tenía a su lado a un agente honorario de la inmigración sionista, como lo era el angelical y desprendido José María Bustos. En la Argentina se acababa de exterminar una raza autóctona, con 10.000 años de permanencia en el territorio y junto con ellos, desaparecían de todas las provincias otros dueños de la tierra que eran los gauchos y los viejos estancieros criollos, barridos por el centralismo del puerto y el fuego de sus ametralladoras.

Esta población nativa era fuerte, aclimatadas por centurias al sistema ecológico rioplatense o patagónico, integrado por seres humanos inteligentes, aptos, de buena salud que solo necesitaban instrucción, educación, buena alimentación, asistencia médica y, desde luego, enseñanza de práctica agrícolo-ganaderas, aunque todos ellos constituían una base de población criolla que sabía sembrar maíz, avena, zapallos, papas, porotos, como asimismo criar vacas, ovejas, cabras y yeguarizos, ordeñar vacas lecheras, levantar ranchos, cuerear, trenzar, amansar animales, etc.

Estos hijos de la tierra, hábiles para todas las labores agropecuarias, fueron exterminados a fusil y granadas sprashnel, sin darles posibilidades de tierra propia, trabajo pacífico, escuelas, derecho a elegir sus gobiernos, etc. Los gauchos y los viejos estancieros criollos, llenaron por su parte los contingentes de los fortines, de las levas indiscriminadas, de los batallones a la guerra del Paraguay y quién no se amoldaba, a ser desalojado de la tierra natal, que la poseía como primer ocupante, de acuerdo al viejo derecho romano: "Posideo quia Posideo" (la tengo porque la tengo), o como lo expresaban nuestros hermanos indios: Mapú, ché pení, mapú (ésta es mi tierra hermano, mi país), era drásticamente echado de la misma, como una sabandija dañina, ante la indiferencia cómplice de políticos y gobiernos.

Al criollo argentino no se le permite la entrada a las colonias de extranjeros, sean éstos judíos, suizos o franceses y es mirado con desprecio porque éstos extranjeros, quienes le llaman despectivamente "schwarce cheib", algo así como negros de porquería, los contratos que surgen de los Estatutos de Colonización, aclaran terminantemente: "El propietario se obliga a trabajar su lote, y a no venderlo jamás a un argentino". En otra parte del texto de los citados Estatutos, dicen claramente: "Bajo la explícita condición de poblarlas únicamente con colonias extranjeras". Lo más grave de todo este problema, consistió en que los sucesivos gobiernos liberales y anti-nacionales, estaban decididos a poblar los campos, con extranjeros racistas y excluyentes.

Los indios, los gauchos y los viejos estancieros criollos, eran peligrosos y levantiscas; a ellos se los necesitaba en los fortines o en los regimientos militares, de allí que nadie pensara en ayudarlos y afincarlo para hacerlos arar, sembrar, cosechar o criar haciendas. Por eso desde la caída de Rozas en 1852, fueron sistemáticamente desposeídos de tierras, viviendas y semovientes. El centralismo porteño y las minúsculas oligarquías del interior, realizaron con minuciosidad este plan, manejado con inteligencia por los grupos sinárquicos europeos. Por esa razón, en 1944, siendo alumno de los primeros años de Derecho, escribí un poema sobre la desgracia de los hijos de la tierra Argentina, donde decía:

"Todos, todos lo explotaron,
nadie trabajo les dió,
por "negro" lo bautizaron
al que Patria regaló.

Es un ser como nosotros
que ama el reposo y la paz,
como alza de trigo el haz,
amansa al arado potros.

Cómo iba a formar tranquilo
sus sembrados y su hogar,
si lo mandan a llamar
que se enganche de soldado."

El propio José Hernández, en su "Martín Fierro", nos explica en todos sus pormenosres, la tragedia de los argentinos a partir de 1852 y en una de sus magistrales estrofas nos dice:

"Era una delicia el ver
como pasaba sus días
y su ranchito tenía
y sus hijos y mujer".

En el artículo 25 de los Estatutos ya mencionados, se previene contra la intromisión en los asuntos políticos de los indígenas. Esta palabra Indígena, era el común denominador para designar a los criollos argentinos. De allí que las propias colonias crearon sus propias fuerzas policiales, sus jueces, su propia moneda, etc., ante la pasividad de los gobernantes de turno.

Estos colonos extranjeros, sean de religión mosaica, como de cualquier otro credo o nacionalidad, son también presas de la explotación de las compañías extranjeras que los habían traído y en todos los casos, deben entregar a su "protectores" que viven en la lejana Europa, los dos tercios de la cosecha y quedarse, los colonos, con el tercio restante. Esta explotación unida a otros problemas, trae protestas, éxodo y dificultades. Sin embargo, los criollos argentinos, acostumbrados a un tipo de vida libre y generosamente humano, ayudan a esos extranjeros fanáticos y sectarios, que los miran en menos. Un empresario sionista, llamado Gessler, manifiesta muy disgustado: "Qué país éste (refiriendose a la Argentina), cuando vendrán los ingleses o los franceses a enseñarles a vivir".

El liberalismo progresista trajo de Europa miles de personas que practican pautas culturales totalmente extrañas a nuestro medio, para reemplazar a los hijos del país. Estos grupos de inmigrantes, eran víctimas en sus naciones de origen en una explotación infrahumana. Entre los años 1840-1900, las condiciones del trabajador agrícola y aún del industrial, eran aterradoras en todo el continente europeo. En nuestro país, tanto las empresas colonizadoras que los trajeron, como la propia incapacidad o negligencia cómplice de los gobiernos nacionales o provinciales que los dejaban entrar, hicieron posible su explotación. Las compañías sinárquicas que los trajeron, engañaron en muchas ocasiones a los inmigrantes, con promesas incumplidas de maquinaria agrícola, vivienda, semillas, animales de labranza y procreo e incluso, alimentos esenciales para los primeros tiempos en que los colonos, iban a carecer por razón de llegada de lo más imprescindible para subsistir.

Luego comprobaron que la verdad era muy distinta y los políticos comprometidos en el engaño, se abstenían de participar en esos problemas, por cuanto ellos habían realizado pingües negocios con la venta de tierras públicas y privadas, de haciendas o elementos de labranza, sea de modo directo o por medio de interpósitas personas.

Entre los inmigrantes rusos de religión mosaica, existió un sector moderado y respetuoso que tuvo firme y decidida oposición a los procedimientos separatistas, sectarios y fanáticos de los grupos sionistas que en su prédica universalista y bolchevique, llegaron hasta la década de los años 40. Los rusos de fe mosaica, establecidos en Olavarría, Carlos Casares y otros puntos de la provincia de Buenos Aires, se integraron lentamente a la vida nacional, porque muchos de ellos no poseían el adoctrinamiento sionista de la Jewish Corporation o de Mauricio de Hirsch, conectado al ideólogo Herzl. El sionismo sinárquico, trabaja en las colonias por medio de cooperativas agrícolas que tuvieron auge hasta las primeras décadas del siglo actual. El conductor de este movimiento sionista, fue un ruso de fe hebrea, llamado Marcos Wortman.

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